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| Recordando la catástrofe
de San Juanico |
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José A. Aparicio Florido
E.P.U. en Protección Civil y Emergenciasi
La tercera parte del gas con el que se
abastece a la población de Ciudad de México procede
de seis empresas distribuidoras implantadas en San Juan Ixhuatepec,
un pueblo del municipio de Tlalnepantla situado al nordeste
del Distrito Federal y conocido popularmente como San Juanico.
Esa riqueza natural con la que cuenta el país es a la
vez fuente de bienestar pero también de severos riesgos
para la población.
A las 05:30 horas de la madrugada del 19 de noviembre de 1984,
la sobrepresión de un tanque cilíndrico de gas
en una instalación de recepción, almacenamiento
y distribución de GLP, propiedad de la empresa paraestatal
PEMEX (Petróleos Mexicanos), desencadenó la serie
más larga de explosiones de tipo BLEVE -Boiling Liquid
Expanding Vapor Explosion- que haya conocido la industria
química hasta la actualidad.
El informe oficial arrojó un balance nominal definitivo
de 503 personas fallecidas, 926 heridos por quemaduras y 7.000
personas atendidas en centros hospitalarios, cifrando el número
de evacuados en torno a 60.000 y de albergados en 21.000. No
se hace ninguna mención sobre posibles desaparecidos,
aunque algunos autores hablan hasta de un millar (Santamaría,
J.M. y Braña, P.A., 1994). Los daños materiales
fueron también cuantiosos: 149 casas totalmente destruidas,
16 con daños graves y 1.358 con daños menores.
Cinco manzanas, formadas por casas-habitación construidas
con materiales pobres y poco resistentes al fuego, quedaron
reducidas a cenizas. Las explosiones fueron tan violentas que
cuatro depósitos cilíndricos de grandes dimensiones
volaron literalmente como cohetes a distancias de 200, 300,
500 y 1.200 metros de distancia. Si empleamos la fórmula
propuesta por Holden y Reeves, podríamos concluir que
el número aproximado de fragmentos que pudo generar cada
BLEVE de las esferas más pequeñas fue de 19. Las
llamas alcanzaron medio kilómetro de altura y no pudieron
ser extinguidas hasta 18 horas después, empleándose
para ello hidroaviones y una dotación de más de
200 bomberos llegados de varios parques del país. Aquel
amanecer en San Juanico se convirtió en “pura lumbre”.
CAUSAS Y EFECTOS
Toda esta devastación fue causada por tres fenómenos
distintos ocasionados por las más de doce BLEVEs que
se sucedieron en las primeras cinco horas: radiación
térmica, ondas de presión y lanzamiento de proyectiles.
La planta gasera contaba en aquellos días con 48 tanques
horizontales y 6 esferas, cuya capacidad total de almacenamiento
sumaba 15.615 m3, si bien en el momento del accidente no habría
más de 6.500 m3 entre butano y propano, principalmente.
Estas instalaciones, diseñadas y, en parte, equipadas
con tecnología estadounidense, eran alimentadas por tres
gasoductos procedentes de las refinerías de Minatitlán,
Poza Rica y Atzcapotzalco. El sobrellenado de un depósito
cilíndrico, situado en la primera fila de un sector de
tanques horizontales, y el fallo de varios sistemas de seguridad
(válvulas y manómetros) provocaron la fuga masiva
del gas almacenado y del que estaba siendo bombeado por los
ductos, además de otros efectos en cadena que causaron
la ruptura de una línea de 20 cm de diámetro que
estaba inyectando gas en una de las grandes esferas de 1.600
m3. La proximidad de una llama del sistema de quemadores iniciaría
la ignición de la nube (explosión de nube de vapor
no confinada) así como del flujo que seguía saliendo
de la tubería de trasiego, la cual, orientada hacia la
base de una de las esferas, como una gran olla a presión
dejada al fuego, causó la primera de las explosiones
más terribles que se vivieron a continuación.
Según
un informe elaborado por la empresa norteamericana Olson Engineering
Company, fechado el 21 de marzo de 1985, un comité de
seguridad realizó tres inspecciones en las instalaciones
de PEMEX durante el año 1984, la última de ellas
el 5 de noviembre, pocos días antes del desastre. El
resultado de estas visitas confirmaba que el 25% de los manómetros
de los tanques horizontales -vulgarmente llamados “salchichas”-,
así como de las seis esferas de GLP, se encontraban en
mal estado. También fallaba la válvula de alivio
del colector de recepción del ducto de GLP Poza Rica-México,
y el manómetro del colector de recepción de otro
de los ductos, Minatitlán-México, ofrecía
lecturas erróneas. Además, el mismo día
del accidente, la compañía petroquímica
reconoció a través de una nota de prensa, que
el bombeo de gas no fue interrumpido hasta las 06:40 por lo
que es posible que unos 3.125 barriles de GLP acrecentaran la
nube de vapor y su inmediato incendio.
ALTA VULNERABILIDAD
Al otro lado de los muros de la planta, las condiciones de vulnerabilidad
de las viviendas que se habían ido construyendo durante
años en torno a la planta de PEMEX eran las menos favorables
que podían darse: por un lado un chabolismo no resistente
a las ondas de presión y la radiación térmica,
y, por otro, la elevada densidad de población de cinco
miembros en cada unidad familiar por término medio. Nada
tenía que ver esta realidad con los 1.500 m de radio
libre de edificaciones que debían haberse respetado para
una industria gasera de sus características.
Pero la “aversión instintiva” del hombre
hacia el riesgo (Cardona, O.D., 2003), unido a la íntima
convivencia que mantienen muchos pueblos mexicanos con el gas
y las gaseras, fraguaron la catástrofe. A eso hay que
unir el escaso o nulo control, ya sea regido por determinados
intereses políticos o económicos, ya sea por la
propia negligencia o lentitud de la Administración competente,
de los asentamientos irregulares fuera de las áreas urbanizables.
Como hemos repetido en alguna ocasión, los habitantes
de cualquier ciudad tienen más posibilidades de verse
enfrentados a situaciones de riesgo en la medida en que deciden
vivir fuera del perímetro de seguridad que supone el
Plan General de Ordenación Urbanística, ya que
cualquier municipio
dimensiona sus recursos, su distribución estratégica
y sus mecanismos de respuesta en base a ese ordenamiento territorial.
Por tanto, quienes deciden asomarse al peligro, acaban sometiéndose
a una situación de indefensión y de desamparo
en materia de seguridad, aunque también sea cierto que
son muchos los problemas sociales y económicos que obligan
a determinados sectores de la población a actuar de esa
manera.
LA REPOSICIÓN DE LOS DAÑOS
Tras el funesto episodio, se hizo verdad aquel dicho hispanoamericano
tan extendido que dice que “muerto el perro se acabó
la rabia”, y ese debió ser el parecer del Gobierno
de la nación por la premura que se tomó al afrontar
la reparación del daño causado por la petrolera.
En su propia memoria de la catástrofe, que se acabó
de redactar en noviembre del año siguiente, se felicita
a sí mismo por la prontitud con la que comenzó
el pago de las indemnizaciones, el día 2 de enero de
1985, es decir, 45 días después del siniestro.
Tal celeridad, en un suceso catastrófico de tal magnitud,
no deja de sorprender si lo comparamos con otros acontecimientos
similares en una década (1976-1986) salpicada de graves
accidentes industriales (Seveso, Los Alfaques, Bhopal, Cubatão,
Chernobyl…). Tanto es así que comienzan a abonarse
las indemnizaciones por muertes de familiares, secuelas por
lesiones y pérdidas de bienes, sin que se haya llevado
a cabo aún una investigación completa del accidente
y determinado sus causas y sus responsables, y sin depurar si
esas responsabilidades fueron civiles o punitivas. Sin embargo,
no sorprenderá tanto si decimos que todas las familias
que sufrieron la pérdida de algún pariente fueron
indemnizadas con una misma cantidad: 2.192,320 pesos. No se
hacía distinción si la familia estaba compuesta
por un matrimonio sin hijos o con varios hijos, si el fallecido
era menor de edad o adulto, si era un trabajador o un desempleado,
o si dejaron huérfanos: se pagaron los muertos a precio
unitario. Muchos de los heridos llegaron a percibir incluso
mayores indemnizaciones que los deudos, hasta 2.323,152 pesos
por una incapacidad absoluta. Las posibles reclamaciones posteriores
por la vía judicial fueron evitadas con el pronto pago.
A cambio, las autoridades estatales les ofrecieron a los supervivientes
un fulgurante proyecto de reconstrucción local, con grandes
avenidas, zonas ajardinadas, una Escuela de Artes y Oficios,
etc.
Los
traumatismos psíquicos y otras consecuencias psicológicas
que quedaron marcadas en los supervivientes no fueron evaluados
ni contemplados durante este proceso de rehabilitación.
Un estudio publicado recientemente por la profesora Silvia R.
Sigales Ruiz, de la Universidad de Colima (México), evalúa
que el 65,76% de las mujeres y el 59,1% de los hombres entrevistados
sufrieron algún traumatismo psíquico vinculado
a la catástrofe industrial de 1984. Sin embargo, el resto
de los pobladores de San Juanico y de otras localidades con
instalaciones gaseras de México parecen haber perdido
la memoria histórica de la tragedia, pues, como calcula
un informe solicitado por la Subdirección de Ductos de
PEMEX Gas y Petroquímica Básica -filial de PEMEX-
y confeccionado por el Batelle Memorial Institute (Estados Unidos)
en septiembre de 2005, la densidad media de población
a lo largo del derecho de vía del gasoducto Venta de
Carpio-San Juan Ixhuatepec es en la actualidad de 14.124 hab/km2,
con un total de 6.109 viviendas expuestas directamente al riesgo.
Dicho informe consideraba que, de los 18 km que conforman el
gasoducto, en 2005 existían 13,8 calificados como de
“riesgo intolerable”, expresándose en términos
de “amenaza catastrófica”.
FIN DE UNA PESADILLA
Ante esta situación, la Secretaría de Energía,
en base al informe encargado por Petróleos Mexicanos,
y atendiendo la recomendación de la Coordinación
General de Protección Civil de la Secretaría de
Gobernación, solicitó el cierre temporal del ducto,
lo cual se llevó a término el 11 de julio de 2006.
La tubería, construida en 1961 y que casi duplicaba ya
la vida media útil de este tipo de infraestructuras,
quedó inhabilitada y purgada, y será muy difícil
que el gasoducto se vuelva a reabrir ante el empuje demográfico
que lo ha engullido. Las seis empresas que se nutrían
de ella han visto recortados sus beneficios e incluso hablan
de fuertes pérdidas, pero veintidós años
después de la tragedia han prevalecido por fin el sentido
común y la seguridad de la vida humana de los habitantes
de San Juanico.
BIBLIOGRAFÍA
CARDONA ARBOLEYA, O.D. (2003): «¿Cultura
de la prevención de desastres?». Gobernabilidad
y Seguridad Sostenible, nº 10. http://www.iigov.org/ss/article.drt?edi=181749&art=181756.
DE LA FUENTE, J.L. (1985): «Olson Engineering Company
Report on San Juan Ixhuatepec, Mexico LPG Disaster». Office
of Pipeline Safety (OPS), Estados Unidos, http://ops.dot.gov/regs/interp/192/19/85-04-12.pdf.
GUIAR (Grupo Universitario de Investigación Analítica
de Riesgos): «Accidente de San Juan Ixhuatepec».
Universidad de Zaragoza, http://www.unizar.es/guiar/1/Accident/San_Juan.htm.
SANTAMARÍA RAMIRO, J.M. y BRAÑA AÍSA,
P.A. (1994): Análisis y reducción de riesgos
en la industria química. Fundación Mapfre,
Madrid, 526 pp.
SIGALES RUIZ, S.R. (2006): «Evaluación longitudinal
sobre los Estados postraumáticos vinculados a las catástrofes
industriales. El caso de la población de San Juan Ixhuatepec
(México)». Anales de Psicología,
vol. 22, nº 1, págs. 22-28.
GOBIERNO DE MÉXICO (1985): San Juan Ixhuatepec.
Memoria de una emergencia. Toluca de Lerdo, México,
286 pp.
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