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| Vuelta y Vuelta: ¿Correr
o llegar? |
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Pedro Anitua
Me decía hace poco un profesional de la construcción
de vehículos de bomberos que, según las estadísticas
que manejaba una determinada compañía de seguros,
la accidentabilidad grave de los camiones de bomberos era mucho
mayor que la del resto de los vehículos industriales
del mismo tamaño.
“Sí, claro”, me contestó un compañero
al que se lo comenté, “normal”.
¿Normal? ¿Podemos asumir como normal el hecho
de no llegar a prestar un servicio que se considera vital? ¿Podemos
considerar normal que un servicio de salvamento pueda estar
a la cabeza de los accidentes?
A mí me parece un escándalo que podamos asumir
como normal el hecho de que aquellos que tienen que “garantizar”
la llegada no lleguen. Porque no nos engañemos, estamos
hablando de eso, de correr para igual no llegar.
Éste es un sector, el de la seguridad, en el que la demagogia
está tan permanentemente presente que en muchos casos
nos dejamos llevar por ella y ni siquiera ya nos esforzamos
por desmentirla, y por tanto termina instalándose en
el apartado de creencias que damos por buenas aunque realmente
no lo son.
Así, todos hemos oído alguna vez a los defensores
de las prisas decir aquello de “por diez segundos puede
perderse una vida…”, y se quedan tan tranquilos
pensando que han dicho algo inteligente. Una vida puede perderse
en diez segundos, en tres, en uno o en una milésima de
segundo, ¿y? ¿Qué tiene que ver eso con
correr alocadamente y sin control por nuestras calles y carreteras?
En este extraño pero apasionante trabajo nuestro, hay
cuatro factores que a mi juicio son fundamentales para anteponer
el llegar al correr.
En primer lugar está la atención a las víctimas
que nos reclaman el servicio. Tenemos que “garantizarles”
que se lo vamos a dar. No puede ser que no lleguemos.
¡¡Que ya te he visto demagogo!! No me digas que
entonces vas a parar en todos los semáforos hasta que
estén en verde, parar en todos los pasos de cebra y dejar
pasar a todos los peatones e ir a 50 kilómetros por hora
etc., que ya sabes de lo que estoy hablando… Que se trata
de ir a la velocidad que uno controla y nunca por encima
de ella, y no todo el mundo controla las mismas velocidades
y no todos los vehículos pueden ir de la misma forma…
¡Si ya lo sabes, ¿para qué mareas?!
En segundo lugar está la seguridad de la gente que circula
a nuestro alrededor. No hay cosa más penosa que un siniestro
generado por un vehículo de salvamento. Debemos reducir
a la nada el número de accidentes, algunos muy graves,
que generamos en nuestros desplazamientos. Siempre puede haber
algún roce, pero ya sabemos de qué hablamos…
En tercer lugar está la propia seguridad laboral de las
tripulaciones del vehículo de bomberos, que tienen derecho
a que les lleven y les traigan sin accidentes. ¡Cuántos
bomberos han quedado tendidos en la carretera mientras acudían
a resolver siniestros!
En cuarto lugar y obviamente lo menos importante, pero no por
ello deja de tener valor, la seguridad y operatividad del propio
vehículo. Un vehículo de bomberos que se accidenta
es un recurso que no trabajará durante un tiempo, quizás
nunca más si el accidente es grave, y por lo tanto no
podrá prestar esos servicios esenciales que se nos demandan.
Y un vehículo de bomberos no se compra al día
siguiente en el supermercado…
No le echemos siempre la culpa al vehículo porque no
es suficientemente bueno. Ajustemos la velocidad a sus prestaciones.
No le echemos la culpa siempre al jefe, porque es la costumbre.
Todos somos responsables.
Pensemos en todo lo anterior y apoyemos a nuestros conductores
quitándoles presión y prisas, todos irán
más seguros y el trabajo se hará mejor. Estoy
convencido de ello.
Sí, es verdad que por diez segundos se puede perder una
vida, o muchas... ¡Que no sea la tuya ni la de tus compañeros!
¡Que no sean las de aquellos a los que no pudimos atender
porque no llegamos!
Lo dice la canción: “no es lo mismo correr que
llegar; no es lo mismo…”
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