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SERVICIOS DE EXTINCIÓN DE INCENDIOS: ¿Futuro utópico o realista?
Juan Ignacio Larraz Plo
Jefe del Servicio Provincial de Extinción de Incendios

Para hacer un diagnóstico útil; es decir, que permitiese luego aplicar soluciones realmente adecuadas a los Servicios de Extinción de Incendios, es preciso partir del estudio de las Administraciones de las que dependen estos Servicios, según sean de ámbito local, comarcal, provincial o autonómico.

Autor: José Mº AlguersuariAunque no sea cómodo hacerlo, no creo que pueda soslayarse una consideración previa, a modo de premisa: en esa materia, en su ordenamiento, normativa y ejecución, actúan dos poderes reales. Uno es el poder legítimo de las diferentes entidades político-administrativas; otro es el que, de hecho, ejercen los bomberos, en tanto que trabajadores y asalariados, recurriendo principalmente, dentro del marco creado por nuestras leyes, a sus organizaciones sindicales o laborales. Tampoco es prudente ignorar dos circunstancias más evidentes, pero escasamente mencionadas porque a menudo resultará “políticamente incorrecto” subrayarlas:

En cuanto a los responsables políticos, no siempre se libran de valorar con exceso presuntos costes políticos negativos que se derivaron de ciertas decisiones suyas, a primera vista convenientes. Por parte de los trabajadores, que tampoco son de naturaleza angélica, es comprensible que, igualmente, se den, en uno u otro grado, actitudes teñidas de individualismo o más o menos dictadas por la conveniencia personal. Ambas circunstancias deberían quedar siempre circunscritas a lo razonable y en ningún caso pueden llegar a ser dominantes o prevalentes en la toma de posturas y decisiones sobre los Servicios. El límite evidente para los dos es que no deben impedir la progresión de propuestas de mejora de los Servicios de Extinción de Incendios y Salvamento.

RESPONSABILIDAD POLÍTICA Y PROFESIONAL

Si actúan simultáneamente ambas tendencias sin ser reducidas a su mínima dimensión, aún pueden resultar más inconvenientes. Sobretodo si no se plantean explícitamente, como plantea el paciente su dolencia y las causas a las que se le atribuye, aunque no le resulta grato reconocer algún rasgo impropio de su conducta: porque, ante todo, quiere velar por su salud. A menudo la natural dicotomía entre los planteamientos políticos y los laborales encierra oposiciones insalvables que pueden actuar en perjuicio de los planteamientos técnicos y profesionales. Esto debe saberse y asumirse para limitar su incidencia negativa. Y si ésta llega a ser suficiente, lo que procede es llevar a cabo un cambio de una entidad que afecte a la estructura misma de la toma de decisiones y que establezca unas condiciones previas en las que sea difícil que esas limitaciones humanas lleguen a ser perjudiciales.

Así, en la parte que se refiere específicamente a los bomberos, deberían siempre estar de antemano objetivados los asuntos que atañen a horarios, turnos, formación, actividades y disciplina, todos los cuales han de fijarse fundados en criterios eminentemente racionales y técnicos y no ser objeto, en principio, de mudanza coyuntural. Hay pues, un ámbito que, entre todos, debiera ser puesto a salvo de contingencias, que tendría que quedar previamente definido y detallado porque está en la base de una buena gestión y es condición necesaria, aunque no suficiente, para un Servicio óptimo. ¿Cómo acercarse a ese futuro? Considerando ese doble componente (responsabilidad política, responsabilidad profesional), también la idea general es doble.

CAMINO HACIA EL FUTURO

Por un lado, habría que dar con la fórmula administrativa mediante la que los responsables políticos quedasen exonerados de responsabilidades no políticas, para que pudiesen cumplir mejor y más libremente con sus misiones principales de definir e impulsar objetivos, obtener medios para alcanzarlos y poder, en consecuencia, exigir resultados congruentes. En cuanto al personal del Servicio, parece exigible la asunción por él mismo, sin reservas, de una reglamentación hecha de tal forma que permita ejercer la autoridad de mando desde la mayor objetividad y en la que queden establecidos con claridad y precisión los deberes y los derechos de los bomberos, que no pueden ser objeto permanente de discusión o duda.

Sobre estas bases iniciales surgen grandes preguntas. ¿Estarían dispuestos el poder político-administrativo y el poder laboral y sindical a ceder, el primero su protagonismo cuando inventa ámbitos impropios o inconvenientes (que, a la postre, tampoco beneficia a los políticos) y, el segundo, a aceptar con buen espíritu una definición eficaz de la profesión de bombero, sin interferir, tras su definición, en su aplicación o puesta en práctica?

Autor: Fernando Blanco VaqueroEl Estado de las Autonomías tiene ventajas indudables. Pero también crea sus propias dificultades que, evidentemente, son frecuentes en el terreno de la cooperación y la coordinación entre diecisiete Comunidades y dos Ciudades Autónomas. En la práctica, es imposible pretender hoy medidas comunes e integrales de funcionamiento de nivel estatal; sobre todo, a partir del traspaso de competencias en materia de Protección Civil. Por tal causa, en un terreno meramente empírico, los Servicios de Extinción de Incendios y Salvamento no tienen otra opción que la de buscar su evolución y su mejora precisamente en el ámbito de la jurisdicción territorial en la que se desenvuelven. Sólo de esta forma será posible mejorar rendimientos y prestaciones a la sociedad, y en su momento, con esa fase más consolidada, establecer procedimientos cooperativos territorialmente más ambiciosos y que tengan alguna posibilidad de eficacia permanente.

Combinemos la utopía con la realidad. Pensemos por un momento en que es operativo al máximo el espíritu vocacional de los componentes de los Cuerpos de Bomberos: técnicos, oficiales, suboficiales, sargentos, cabos y bomberos; en que los horarios y los turnos se proponen en función de conseguir mayores rendimientos; en que las prácticas y la formación cotidiana son requisitos imprescindibles de la buena forma física de los bomberos y de la mejor puesta a punto del material; y en que el compañerismo bien entendido (no el corporativismo) es base de la convivencia y prevalece como cualidad.

Cuando esas circunstancias se dan de forma apreciable o mayoritaria en un Parque de Bomberos o en un Servicio, las soluciones a los problemas se resuelven con facilidad y el rendimiento alcanza altas cotas de eficacia. Si llega a darse la situación contraria, a la cual puede llegarse por el olvido o el abandono de uno o varios de esos fundamentos, minados por el egoísmo y el individualismo, entonces es preciso (y, además es un deber moral y social) introducir cambios relevantes en la organización. Llegado ese caso, quien tenga sentido de la responsabilidad y alguna estima por el decoro propio y ajeno, debe tomar las decisiones que, en su nivel, le incumben: y eso afecta a todos, desde el más novel de los bomberos hasta el máximo responsable político.

Cuando se olvida que la acción de los bomberos debe concurrir en grupo, cuando se pierde el sentido de la solidaridad y se abandona la preparación, se habrá perdido todo. Soy de los que creen que a esa situación no ha de llegarse, por la calidad humana de la mayoría de las personas que componen los Servicios de Extinción de Incendios. Pero la experiencia está demostrando que es preciso arbitrar, sin aspavientos, pero sin temor, factores correctores en la organización y en la gestión, para que no crezcan los gérmenes negativos que, como en todo organismo vivo, también se albergan en el nuestro.
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