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| Vuelta y Vuelta: ¿Se
llamaba Katrina? |
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Pedro Anitua
Hay años en los que uno casi puede asegurar que las
fuerzas del más allá se han confabulado
contra los habitantes de la tierra. Inundaciones, terremotos,
tsunamis, accidentes aéreos, grandes incendios urbanos,
fuegos forestales, terrorismo, sequía, pandemias...,
todo ello además de las otras calamidades
tan desafortunadamente habituales como las guerras, la pobreza,
el hambre...
La verdad es que uno se queda perplejo ante el alcance de lo
que ya había anunciado Murphy con aquella frase de que
toda situación por muy difícil que parezca
es susceptible de empeorar.
Desastres que se van desarrollando sin solución de continuidad
y para los que los servicios de intervención dan la sensación
de no tener nunca recursos suficientes.
Decía Platón que los hombres tenemos dos maestros
potentes y ciegos, uno es el placer y el otro el dolor. Parece
por tanto que estamos obligados a sacar enseñanzas del
poco placer, pero del mucho dolor en el que estamos inmersos.
De todo lo acontecido en estos últimos meses, permitidme
que me centre un momento en Nueva Orleáns. No porque
me parezca más importante que otras tragedias vividas
en nuestro entorno cercano, pero por un lado la particularidad
de lo que le ha sucedido al país más poderoso
del mundo y por otro la excesiva sensibilidad que solemos
demostrar cuando alguien comenta algo cercano que nos afecta
directamente, me aconsejan que así lo haga.
Se llamaba Katrina, era fuerte, pero no más
que sus compañeras Rita o Wilma
u otros nombres de huracanes desgraciadamente famosos como el
Mitch, pero pasará a la historia por ser
el huracán que puso contra las cuerdas a los Estados
Unidos de América. Sí, sí
también
a ellos les pasan cosas.
No trataré de analizar lo sucedido, no es el lugar, pero
sí quiero poner de relieve un aspecto que considero muy
importante, el cual queda relegado muchas veces por los aspectos
más inmediatos y mediáticos de la intervención.
Katrina nunca debió romper ni los diques del Lago Portchartrain
ni los del Missisipi. Katrina nunca debió de originar
una tragedia de esa magnitud. Los técnicos lo advirtieron.
Sabían que podía suceder. Los diques debían
de repararse
No se arreglaron. No se invirtió. Se arriesgó.
Sucedió.
Más de un millar de personas lo pagaron con su vida,
centenares de miles tuvieron que ser evacuadas, las pérdidas
económicas fueron astronómicas.
Podía haber elegido también como ejemplo, el tsunami
del sudeste asiático, éste sin nombre propio.
Alguien se olvidó de invertir en un sistema de aviso
previo que alertara a la gente de las grandes olas antes de
que arrasaran sus pueblos y perdieran la vida.
Podía también haber escogido otros muchísimos
ejemplos, pero creo que todos sabemos de quien estoy hablando.
No se llamaba Katrina, ni Tsunami, se llamaba Prevención.
Sí, es la palabra mágica. Sabemos exactamente
lo que es. Es eso de lo que se habla tanto cuando ocurre un
desastre y que se olvida tan rápido cuando pasa
hasta el siguiente...
Por ello quiero aprovechar el momento y el espacio para un pequeño
y modesto reconocimiento. Al menos el mío.
Quiero reconocer la tarea ingente, callada, pero efectiva de
todas y todos, mujeres y hombres, que trabajan en la prevención.
No serán nunca héroes, nadie les pondrá
medallas ni serán objeto de entrevistas televisivas en
los noticiarios. No podrán explicar en vivo
por qué tanta gente se salvó en un determinado
suceso. Quizás, en muchas ocasiones, tampoco, ni los
más expertos, podrán saber exactamente si lo que
hicieron fue muy efectivo o lo fue menos, porque la prevención
sólo deja su marca cuando no existe. Quizás algunas
veces, ellas y ellos, puedan pensar que su trabajo no se valora,
ni se entiende y es posible que se desmotiven. ¡Venga
ánimo!
Creo que un huracán ha dejado bien claro, que ni los
esfuerzos de miles de miembros de los grupos de intervención,
ni decenas de helicópteros o centenares de camiones,
ni todo el poder militar del país más poderoso,
consiguieron ni conseguirán resolver aquello en lo que
la prevención pasó de largo.
La prevención disminuye, y a veces elimina, las pérdidas.
No sólo las de las víctimas directamente afectadas.
También las humanas de los grupos de intervención
que tienen que enfrentarse a siniestros mayores de los que su
número o equipamiento les permite y se ven obligados
a arriesgar, y a veces a perder, la vida en un combate desigual.
Mi recuerdo cercano, también a aquellos que no volvieron
nunca a sus casas tras acudir a la llamada de emergencia.
No obstante y a pesar de lo dicho, soy optimista con el futuro,
porque en muchos lugares y en muchas personas se mantiene vivo
el espíritu de la prevención. Se trabaja intensamente
todos los días, para evitar que ocurra aquello que saben
que puede suceder.
Por último, y aunque a alguno le sorprenda
sí,
colega
no pongas esa cara... también quiero acordarme
de los políticos y reconocer su trabajo. Sí, has
leído bien, de los políticos
, de esos a
los que muchas veces criticamos. Porque también existen,
aquellos y aquellas, yo conozco y he conocido a bastantes, que
en un momento dado antepusieron a la fácil y políticamente
rentable decisión de inaugurar cosas más visibles,
la de dedicar la inversión necesaria para prevenir daños.
No salieron en la foto, pero hicieron bien su trabajo. Gracias
a ellas y a ellos, muchos ciudadanos, nosotros, podemos estar
hoy más seguros.
Quizás, si cuando ocurre un siniestro, en vez de desatarse
terroríficas cazas de culpables se dedicaran los esfuerzos
a estudiar serena y técnicamente por qué sucedieron
y dedicar de forma inmediata los recursos necesarios para que
no vuelvan a suceder, las cosas nos irían sensiblemente
mejor.
Porque, aunque algunos no lo crean también tienen cerca
su Missisipi. Y algún día, en forma de incendio,
inundación, fuga química, etc... también
le visitará su Katrina. Eso sí, con otro nombre,
o quizás sin él.
¿Se habrán hecho acompañar ese día
por nuestra amiga Prevención?
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