Manuel Alonso Herrerías
Oficial. Consorcio de Bomberos de Valencia
La intervención eficaz frente a
atentados terroristas mediante el uso de armas químicas
supone un reto difícil de superar para los Servicios
de Bomberos. Las características de los productos utilizados
así como los escenarios más probables generan
una serie de dificultades distintas a las que se pueden presentar
en nuestras actuaciones convencionales. La identificación,
el equipo de protección a utilizar o los métodos
de descontaminación, que son aspectos que se presentan
en cualquier actuación en la que se ven implicadas sustancias
químicas, se convierten en auténticas dificultades
cuando se trata del uso de este tipo de armas con fines terroristas.
La aparición de las armas químicas en los escenarios
bélicos siempre ha provocado la repulsa generalizada
de todos los sectores de opinión. Los efectos y secuelas
tanto a corto como a largo plazo han tenido como consecuencia
el constante intento de eliminar, controlar o al menos limitar
el uso y producción de las mismas.
El Convenio de Estrasburgo firmado en 1675 entre Francia
y Alemania, prohibió el uso de bombas cargadas
de veneno. Los estados firmantes de la Convención
de la Haya de 1899, renunciaron al empleo de proyectiles
que tengan como objetivo dispersar gases tóxicos y
asfixiantes. Sin embargo, la convención de La
Haya no evitó el uso masivo de estas armas durante
la I guerra mundial. Sin tener en cuenta la eficacia de las
armas químicas frente a las convencionales, no cabe
duda que las primeras sembraron un terror aun mayor entre
los contendientes.
El
17 de junio de 1925 se firma el protocolo de Ginebra y expresa
la condena internacional a la guerra química pero tampoco
resulta un instrumento eficaz ya que muchos países
se reservan la utilización del armamento químico
para acciones de represalia frente a agresiones del mismo
tipo, con lo que no se limita la fabricación ni el
almacenamiento.
El esfuerzo iniciado tras la finalización de la II
guerra mundial para erradicar definitivamente las armas químicas
culmina en París el 13 de enero de 1993 con la firma
de la Convención sobre la prohibición del desarrollo,
la producción, el almacenamiento y el empleo de armas
químicas y sobre su destrucción.
La aplicación y cumplimiento de este convenio es de
vital importancia. Algunos Estados mantienen latente la posible
amenaza de empleo de armas químicas y a ello hay que
añadir la creciente alarma que supone el posible uso
con fines terroristas que se pueda hacer de las mismas contra
la población civil.
DEFINICIÓN DE ARMAS QUÍMICAS
El artículo 2 de la Convención sobre la prohibición
del desarrollo, la producción, el almacenamiento y
el empleo de armas químicas y sobre su destrucción
define las armas químicas del siguiente modo:
1. Por "armas químicas" se entiende, conjunta
o separadamente:
a. Las sustancias químicas tóxicas o sus precursores,
salvo cuando se destinen a fines no prohibidos por la presente
Convención, siempre que los tipos y cantidades de que
se trate sean compatibles con esos fines.
b. Las municiones o dispositivos destinados de modo expreso
a causar la muerte o lesiones mediante las propiedades tóxicas
de las sustancias especificadas en el apartado a. que libere
el empleo de esas municiones o dispositivos.
c. Cualquier equipo destinado de modo expreso a ser utilizado
directamente en relación con el empleo de las municiones
o dispositivos especificados en el apartado.
Existen sustancias cuya única finalidad es su utilización
como armas químicas. Por otra parte también
encontramos las llamadas sustancias químicas de doble
uso, entendiendo como tales aquellas que además de
un empleo perfectamente lícito en la actividad empresarial,
pueden ser utilizadas como precursores para la fabricación
de agresivos o como agresivos químicos en sí.
Las armas químicas constan de dos partes: el agente
químico y el medio para aplicar dicho agente sobre
un objetivo. En el sentido más amplio, un agente químico
de guerra es una sustancia química que produce sus
efectos como consecuencia de su composición y estructura.
Agentes no letales como ciertos productos incendiarios (napalm,
fósforo blanco), herbicidas y defoliantes (agente naranja)
o generadores de humos pueden ser considerados en ciertos
contextos como armas químicas.
CLASIFICACIÓN DE LOS AGENTES QUÍMICOS DE
GUERRA
Los
agentes químicos los podemos clasificar siguiendo diferentes
criterios: atendiendo a su estado físico en condiciones
normales (sólido, líquido y gas), según
su toxicidad (letales o no letales), según el tiempo
que permanecen activos (persistentes o no persistentes) o,
la forma más común, atendiendo a los órganos
que afecta y al modo en que lo hace.
Según este último criterio podemos distinguir:
Agentes neurotóxicos o nerviosos:
Afectan al sistema nervioso inhibiendo la enzima acetilcolinesterasa
y los efectos vienen como consecuencia del exceso de acetilcolina.
El resultado final puede ser, entre otros, la parálisis
de los músculos que utilizamos para respirar.
- VX.
- Tabún (GA).
- Sarín (GB).
- Somán (GD).
Agentes vesicantes: Producen efectos tópicos
en la piel (ampollas), vías respiratorias y en los
ojos.
- Mostaza destilada (HD).
- Mostaza nitrogenada (HN).
- Mostaza sulfurada (H).
- Oximas de fosgeno (CX).
- Levisita (L).
- Fenildicloroarsina (PD).
- Etildicloroarsina (ED).
Agentes sofocantes o asfixiantes:
El daño es causado por la inhalación de vapores.
El agente afecta a las mucosas del sistema respiratorio tanto
a nivel orofaringeo como traqueo pulmonar dando lugar a edema
pulmonar.
- Fosgeno (CG).
- Cloro (CL).
- Difosgeno (RB).
- Cloropicrina.
Agentes sanguíneos o hemotóxicos:
Envenenan la sangre afectando al intercambio de oxígeno
entre ésta y el exterior, ejerciendo su acción
tóxica principalmente gracias a esta privación
de oxígeno al resto del organismo.
- Ácido cianhídrico (AC).
- Clorocianógeno (CK).
- Arsina (SA).
Agentes lacrimógenos y vomitivos:
Tradicionalmente utilizados como antidisturbios. Los lacrimógenos
irritan los ojos e inducen al lagrimeo. También producen
abundantes secreciones en la nariz y en el tracto respiratorio
superior. Los vomitivos producen nauseas seguidas de vómitos.
- Adamasita (DM).
- CS.
Agentes incapacitantes:
Producen incapacidad física y/o mental temporal.
- LSD.
- BZ.
PRINCIPALES PROBLEMAS EN LA INTERVENCIÓN
La intervención frente atentados terroristas con armas
químicas implican una serie de dificultades particulares
que marcan unas diferencias con cualquier otro tipo de actuación.
Para dar una respuesta adecuada a este tipo de emergencias,
deberíamos ser capaces de responder a las siguientes
preguntas:
- ¿Cómo podemos saber que un siniestro es efectivamente
un atentado con armas químicas y no un accidente convencional?
- Supuesto un ataque con este tipo de armas, ¿cómo
podemos identificar el agente concreto implicado?
- ¿Cuáles son los equipos de protección
personal apropiados?
- ¿Cómo realizar una correcta descontaminación
tanto de víctimas como de intervinientes?
Obtener la respuesta correcta a estas cuatro preguntas puede
marcar la diferencia entre una actuación propia del
más alto nivel profesional y una auténtica chapuza
de consecuencias posiblemente irreparables para víctimas
e intervinientes.
IDENTIFICACIÓN DEL TIPO DE SINIESTRO
Distinguir entre un siniestro debido a un ataque con armas
químicas de otro con un origen diferente no siempre
es una tarea fácil.
Pongamos un ejemplo: Recibimos un aviso en el que se nos
informa de un posible incendio en una estación del
metro. Sale humo del interior y existe un número indeterminado
de víctimas. Sólo con esta información,
es muy posible que no consideremos la posibilidad de que se
trate de un atentado con armas químicas. Es más,
la presencia de humo puede hacernos pensar que se trata de
un incendio convencional, y las víctimas en el exterior
pueden haberse visto afectadas por la inhalación de
gases de la combustión y por la falta de oxígeno
en el interior. Además, posibles heridas en la piel
pueden deberse a una exposición al calor o a las llamas.
Sin embargo, el humo puede deberse a un incendio provocado
por un explosivo utilizado como medio para dispersar el agente
químico, y las víctimas en el exterior podrían
presentar efectos debidos tanto al humo, como al calor, la
explosión y/o el agente químico en cuestión.
El escenario anterior es sólo un caso hipotético
de los muchos que se podrían presentar. Ante tal panorama
sería francamente difícil determinar, sobre
todo en los momentos iniciales, si se trata de un atentado
con armas químicas o si por el contrario es un siniestro
convencional.
Afortunadamente contamos con algunos criterios que nos pueden
ayudar a determinar si en un siniestro se encuentran implicados
este tipo de agentes; son los llamados indicadores de ataque
químico y que a continuación vamos a describir:
Animales muertos.- No nos referimos a animales muertos
ocasionalmente por ejemplo como consecuencia de un atropello.
Debemos observar la presencia de una cantidad de animales
relativamente grande, sean éstos domésticos
o salvajes, de cualquier tamaño, aves, peces todos
concentrados en la misma área.
Ausencia de insectos.- Si no se detecta una actividad
normal de insectos, deben inspeccionarse los alrededores (tierra,
superficie del agua) con el fin de detectar insectos muertos.
Si se detectan próximos al agua, deberán buscarse
posibles peces o aves acuáticas muertas.
Ampollas o salpullidos.- Una cantidad importante de
individuos presentan inexplicablemente ampollas acuosas, ronchas
como las provocadas por picaduras de abejas y/o salpullidos.
Gran cantidad de víctimas.- Numerosos individuos
presentan problemas serios de salud en principio inexplicables
que pueden ir desde nauseas y vómitos a dificultad
respiratoria o inconsciencia sin causa aparente.
Patrones de víctimas.- las víctimas se
distribuyen siguiendo un modelo asociado a un modo de dispersión
específico.
Confrontar dolencias que se presentan en áreas
cerradas y en espacios abiertos.- Puede presentarse un patrón
de víctimas diferentes en función del lugar
en que se encontraban.
Gotas de líquido o charcos extraños.-
Diversas superficies en el área circundante presentan
gotas o películas oleosas o charcos. También
podemos ver películas oleosas sobre charcos de agua.
Áreas con un aspecto visual diferente.- La vida
vegetal en el área circundante, árboles y/o
hierbas están muertos, decolorados o marchitos de manera
no habitual.
Olores inexplicables.- Olor a almendras amargas, aromas
afrutados, heno recién cortado o hierba verde.
Nubes bajas.- Nubes bajas o nieblas en condiciones
meteorológicas adversas para estos fenómenos.
(Ej. sol y niebla).
Objetos o restos extraños o ajenos a la zona.-
Diversos tipos de dispositivos dispersos en la zona. Presencia
en el área de materiales susceptibles de ser utilizados
para dispersar el agente, u objetos sin estallar. Artículos
que contengan líquidos en el lugar o que permanezcan
en el área.
IDENTIFICACIÓN DEL AGENTE CONCRETO IMPLICADO
La determinación del producto utilizado en un atentado
nos permitirá decidir correctamente el equipo de protección
individual a utilizar, así como el método de
descontaminación más apropiado. Además
podrá ser de gran ayuda a los servicios médicos.
Ello no significa que si no somos capaces de identificar concretamente
el agente, no podamos dar una respuesta apropiada. Existen
procedimientos genéricos que nos permiten actuar de
modo relativamente eficaz. Ahora bien, estos procedimientos
se pueden afinar si conocemos el agente concreto al que nos
enfrentamos.
Básicamente, los métodos de identificación
de agresivos químicos se pueden considerar desde dos
puntos de vista: subjetiva y objetivamente.
Un método subjetivo de identificación de un
agente es la observación de los efectos sobre las víctimas.
Personal médico entrenado podría determinar
el tipo de agente empleado utilizando este método.
La dificultad aumenta si lo que pretendemos no es identificar
el tipo de agente sino su naturaleza concreta.
Otro método subjetivo es la caracterización
organoléptica. Aspectos como el olor, color o estado
físico entre otros pueden ayudar a identificar el producto.
Es fundamental tener en cuenta que la mayoría de agresivos
distorsionan nuestros sentidos. Además el umbral de
percepción de algunos productos a través del
olfato es superior al umbral de toxicidad. Dicho de otro modo,
antes de detectarlos por el olfato estaríamos ya afectados.
Algunos agentes como el VX, sarín o BZ son inodoros
por lo que este método no podría aplicarse.
En una intervención concreta, discernir el olor a ajo
(podría tratarse de iperita, difenilcianoarsina o arsenamina)
del olor a geranio (podría ser lewisita) o del heno
mojado (característico del fosgeno y difosgeno) del
olor a almendras amargas (propio del cianhídrico) o
el afrutado (tabún o somán), puede resultar
arriesgado y hasta cierto punto poco fiable.
Los métodos objetivos de detección se basan
en técnicas propias de la química analítica.
La toma de muestra y posterior análisis en laboratorio
es el método más fiable, si bien es cuestionable
su eficacia desde un punto de vista operativo. El tiempo transcurrido
desde la toma de muestra hasta la llegada de los resultados
excede en mucho al máximo que podemos permitirnos para
la planificación de la intervención. Un segundo
método ampliamente utilizado es la colorimetría,
sea mediante tubos o papel. El agente químico es detectado
por medio de una reacción química que produce
un cambio de color. Los tubos se utilizan para agentes gaseosos
o aerosolizados. Los papeles se emplean normalmente para verificar
la naturaleza de gotas depositadas sobre superficies. Estas
técnicas permiten identificar pero rara vez podemos
determinar la concentración. El principal inconveniente
es que debemos de probar tubos o papeles hasta que alguno
reaccione, por lo que el proceso puede ser relativamente largo.
La principal ventaja reside en que es un método sencillo
y económico. Existen también detectores portátiles
que permiten identificar y en su caso determinar la concentración
de agentes químicos. Se emplean diferentes técnicas,
como puede ser la espectrometría de ionización,
espectroscopia infrarroja, ionización de llama. La
principal ventaja es la sencillez y rapidez en su utilización.
DETERMINACIÓN DEL EQUIPO DE PROTECCIÓN PERSONAL
APROPIADO
La elección del equipo de protección adecuado
es fundamental para finalizar con éxito cualquier tipo
de intervención. Este aspecto adquiere todavía
mayor importancia si se trata de una actuación en la
que se ven implicados agentes químicos peligrosos.
El equipo de protección empleado debe garantizar nuestra
seguridad bloqueando las posibles vías de acceso mediante
las que el agente en cuestión pueda acceder a nuestro
organismo, que básicamente son:
Vía cutánea: Contacto del agresivo con
la piel o mucosas corporales.
Vía respiratoria: Inhalación del agresivo
en forma de gas o de aerosol.
Vía digestiva: Ingestión del agente o
alimentos contaminados por éste.
La vía respiratoria y digestiva podemos resolverla
mediante la utilización de un ERA de circuito abierto
(EN 137). En el ámbito militar se emplea la máscara
con filtro NBQ. Sus principales ventajas son la autonomía
y la ligereza. Alguno de los inconvenientes es que no dispone
de presión positiva, y aunque puede retener los agentes
para los que están diseñados no son útiles
si la concentración de oxígeno es baja, como
podría suceder en caso de incendio. Además,
los servicios de extinción en general no cuentan con
este tipo de equipo. Por otra parte, el empleo de un filtro
supone el conocimiento del agente al que te enfrentas y como
ya hemos visto esto no es fácil de determinar, sobre
todo en los momentos iniciales de la intervención.
En cuanto a la vía cutánea, la forma de garantizar
nuestra seguridad sería mediante la utilización
de un traje de protección que garantizase un tiempo
de permeabilidad suficientemente alto frente a cualquier agente
agresivo. Si además este traje es encapsulado protegerá
también el equipo de respiración.
Teniendo en cuenta la normativa europea, la máxima
protección la obtenemos mediante la utilización
de un EPI categoría 3, tipo 1, certificado CE, norma
prEN 943: 2, tipo 1AET. Se trata de un traje de protección
química encapsulado estanco a gases. El haber superado
la prenorma europea prEN 943:2, supone que el equipo satisface
las pruebas de permeación al menos con 15 productos
químicos concretos que se establecen como requisito
mínimo. Los fabricantes suelen dar tablas con tiempos
de permeación con muchos más productos. El usuario
debe determinar la aplicabilidad de los resultados obtenidos
en condiciones de laboratorio a las condiciones de uso real.
El problema principal reside en que entre estos 15 productos
exigidos por la prEN 943, salvo el cloro, no figuran los agentes
habitualmente considerados como armas químicas. No
obstante, dependiendo del fabricante, en las listas de tiempos
de permeación aparecen muchos agentes químicos
de guerra de doble uso aunque esto no haya sido exigido por
la norma. Es habitual encontrar en estas listas el fosgeno,
difosgeno, cloropicrina, cianhídrico y clorocianógeno
entre otros. Algunos fabricantes ofrecen trajes de protección
que han superado la norma americana MIL-STD 282. Ello supone
que el traje ha sido testado con diversos agentes químicos
de guerra, como pueden ser la iperita, lewisita, tabún,
sarín, somán y VX entre otros.
Lo ideal en este tipo de actuaciones sería intervenir
con trajes en cuyas tablas de permeabilidad aparezcan la mayor
cantidad de agentes químicos de guerra con un tiempo
superior a 120 minutos. En el supuesto de no disponer de este
tipo de trajes o que por no haber identificado el siniestro
como un atentado con armas químicas actuemos con un
EPI categoría 3 tipo 1 (prEN 943:2) ¿cuáles
pueden ser las consecuencias previsibles? Los fabricantes
sólo garantizan un buen comportamiento de los equipos
frente a los agentes que aparecen en las tablas de permeación,
durante el tiempo allí determinado y en las condiciones
de ensayo. De todos los grupos de agentes, los vesicantes
son los que pueden tener un comportamiento más agresivo
frente a nuestros trajes de protección. Dependiendo
del tipo de material utilizado, algunos agentes vesicantes,
sobre todo el grupo de las iperitas, podrían llegar
a degradar la superficie hasta el punto de permitir que el
agente contactase con el interviniente. Esta destrucción
del tejido es visible a simple vista y en caso de apreciarse
durante una intervención, debería abandonarse
inmediatamente la zona caliente y proceder a su descontaminación.
LA PROBLEMÁTICA DE LA DESCONTAMINACIÓN
Debemos entender la descontaminación como la reducción
o eliminación de agentes químicos de tal forma
que dejen de ser peligrosos. Los agentes pueden ser eliminados
mediante medios físicos o neutralizados por medios
químicos.
Un aspecto muy importante a considerar cuando hablamos de
la descontaminación es la persistencia del agente,
entendiendo por tal la relación entre la velocidad
de evaporación del agua y la del agresivo químico
al que nos referimos. Como unidad tomamos la persistencia
del agua a 15ºC. También se puede definir, con
otras palabras, como el tiempo que una determinada concentración
de agente agresivo permanece activo en una zona.
Los agentes que se emplean como vapores o gases, generalmente
serán poco persistentes, llegando en algunos casos
a no ser necesaria la descontaminación de la zona caliente.
Los agresivos líquidos y sólidos que pueden
dispersarse en forma de aerosoles suelen ser persistentes
debido a su baja volatilidad.
Cuando hablamos de descontaminación, debemos distinguir
cuatro situaciones diferentes:
Descontaminación de la zona caliente.
Descontaminación de los materiales y equipos.
Descontaminación de los intervinientes.
Descontaminación de las víctimas.
La descontaminación de la zona caliente será
en general un aspecto secundario en la intervención.
Normalmente se contará con tiempo suficiente para planificarla
y seguramente el agente implicado estará ya identificado,
por lo que llegado el caso podría incluso utilizarse
un neutralizante específico o incluso no descontaminar
si el agente es no persistente.
Como norma general, la descontaminación de los intervinientes
consistirá en una eliminación física,
neutralización y retirada de los equipos de protección.
Sobra decir que si la elección del equipo de protección
no ha sido la adecuada o si por cualquier otra circunstancia
el agente ha entrado en contacto con el interviniente, éste
pasará automáticamente a ser considerado como
víctima.
La descontaminación de las víctimas es un aspecto
crítico en este tipo de intervenciones. La situación
ideal sería conocer el tipo de agente implicado y disponer
del descontaminante específico apropiado en cantidad
suficiente para atender a un número de víctimas
a priori indeterminado. La situación real es generalmente
muy distinta, por lo que los servicios de salvamento deberían
contar con procedimientos de descontaminación genéricos
y aplicables a todos los posibles agentes químicos
de guerra. Debemos también asumir que, en la medida
en la que un procedimiento es genérico, la eficacia
de la descontaminación será menor.
Para descontaminar una víctima el proceso es en cierto
modo inverso al empleado con un interviniente. La ropa es
la primera barrera de protección y deberemos quitársela
a la víctima antes de descontaminarla. Si no lo hacemos
de este modo, podemos agravar las consecuencias ya que parte
del agente que había quedado retenido en la indumentaria,
podría ser arrastrado hasta ponerlo en contacto directo
con la piel.
La eliminación física es fundamental como paso
previo a una neutralización química ya que los
neutralizantes existentes no actúan instantáneamente.
Existen tres mecanismos químicos básicos usados
para descontaminar: lavado con agua y jabón, oxidación
e hidrólisis ácido/base. Los agentes que contienen
azufre son en general fácilmente oxidables. Los que
contienen fósforo pueden ser hidrolizados a pH básico.
Las disoluciones de hipoclorito al 0.5% (9 litros de agua
+ 1 litro de lejía de 50 gr/l de cloro libre) reducen
considerablemente la persistencia de la mayoría de
agentes químicos, pero no es eficaz en todos los casos
e incluso en algunos puede ser contraproducente. El lavado
con agua y jabón, aun no siendo lo más eficaz,
es un método universal y rápido. No sólo
tiene un efecto de arrastre mecánico sino que además
produce una lenta hidrólisis y un efecto diluyente.
(Ver tabla).
Un problema añadido es el escaso tiempo del que disponemos
para realizar una descontaminación eficaz. Dependiendo
de la severidad de la exposición y del tipo de agente
es posible que se requiera una atención médica
inmediata y ésta no podrá realizarse, en general,
si el individuo no ha sido previamente descontaminado.
Otra cuestión a plantear es la conveniencia o no de
realizar la descontaminación con agua caliente. Normalmente
con agua caliente conseguiremos eliminar el agente con mayor
rapidez y además evitaremos problemas de hidrocución,
sobre todo en época de frío. Por el contrario
el agua caliente aumentara la capacidad de la piel para absorber
el agente lo cual puede llegar a ser un inconveniente.
Tampoco podemos olvidar la necesidad de disponer de ropa de
abrigo o mantas suficientes para cubrir a las víctimas
después de la descontaminación, ya que previamente
los habremos desnudado y rociado con algún tipo de
disolución.
También deberemos ser capaces de contener el agua
de descontaminación para su posterior tratamiento.
Este agua estará contaminada y debemos ser capaces
de contenerla para darle a posteriori un tratamiento apropiado
como residuo tóxico.
Si a algún lector los problemas presentados hasta
este punto le parecen sencillos, quizás cambie de opinión
si se plantea un supuesto de descontaminación en masa,
es decir una situación en la que sea necesario descontaminar
a cientos, o por qué no, a miles de víctimas.
CONCLUSIONES
Si reflexionamos detenidamente sobre todas las cuestiones
planteadas en este artículo, es muy posible que lleguemos
a cuestionarnos la capacidad de la administración en
general, y de los cuerpos de bomberos en particular para dar
una respuesta apropiada en intervenciones en las que se empleen
armas químicas contra la población civil en
un entorno generalmente urbano. Las dificultades que aparecen
son muchas y variadas, sin embargo no se pueden eludir las
responsabilidades ni justificar la ineficacia en la intervención
cuando se trata de escenarios perfectamente previsibles y
susceptibles de planificar con antelación una respuesta
apropiada. Existen los conocimientos técnicos y en
el mercado disponemos de los medios materiales necesarios.
La falta de formación específica y de equipos
apropiados no es más que un problema económico
y como tal puede tener una solución inmediata. Sólo
es necesario que los responsables sean conscientes del problema
y asuman su responsabilidad de modo que ofrezcan al ciudadano
nivel de seguridad y la capacidad de respuesta que merecen.