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Conducta Incendiaria. Curso Evolutivo y Tratamiento
Ferran Lorente i Gironella
Sargento Jefe del Parque de Bomberos de Girona
Psicólogo Consultor de Emergencias


En contra de la creencia más extendida, no todos los incendiarios son pirómanos, ya que éstos sólo son una pequeña parte del total. La conducta incendiaria patológica incluye personas afectadas por una gran variedad de trastornos médicos y psicológicos, algunos de ellos muy frecuentes. Esto no debe interpretarse en modo alguno como que todas las personas afectadas deban acabar prendiendo fuegos. Sólo una parte de ellos, generalmente los casos más severos de cada grupo, acabará empleando la conducta incendiaria como recurso personal patológico.

El diagnóstico de piromanía es muy raro, pero capaz de encubrir que el 96% de los incendiarios responden a otros diagnósticos primarios diferentes al ya citado. Por otra parte los incendiarios adultos en escasas ocasiones buscan apoyo profesional, y si lo buscan generalmente es debido a los problemas legales que su conducta genera. Esto hace que psicólogos y psiquiatras vean pocos casos.

Si a eso añadimos que el incendiarismo infantil se enmascara entre otras muchas conductas disociales encubiertas (novillos, pequeños hurtos…) las cuales probablemente sean más enfatizadas ante psicólogos y psiquiatras por sus padres o tutores, no debería extrañarnos el vacío de información existente sobre el tema en las publicaciones clínicas españolas.

Este último aspecto dificulta hasta cierto punto la actualización entre los profesionales de la salud mental y hace que en nuestro país frecuentemente no se trate de forma específica la conducta incendiaria.

Referente a los tratamientos, tal como se verá más adelante, éstos existen. El problema suele ser a quién aplicarlos. Los incendiarios adultos como grupo son bastante inasequibles. Una gran parte responden al diagnóstico de trastorno de conducta antisocial o a trastornos psicóticos, por tanto, al carecer de la más mínima conciencia de enfermedad, difícilmente afrontarán un tratamiento con interés.

Si consideramos que la actividad incendiaria se implanta como recurso conductual en la infancia/adolescencia, y que por otra parte la experiencia en los EEUU demuestra que los mejores resultados se obtienen en el tratamiento a menores (firesetters), aparece como evidente que éste es el momento evolutivo oportuno para la intervención y que la prevención del incendiarismo ha de priorizar a los menores que provocan incendios.

Las características atribuibles a los incendiarios que se extraen de los trabajos de los diferentes autores sugieren una multitud de correlaciones significativas, si bien muchas de ellas no reflejan una asociación real, por muy significativa a nivel estadístico que ésta sea.

De hecho, estos datos suelen correlacionar significativamente sólo en la muestra de un trabajo concreto, frecuentemente con pocos sujetos, estando dichas muestras muy alejadas de la población general, y forman parte de colectivos institucionalizados muy concretos (cárceles y hospitales).

Por otra parte la procedencia anglosajona o septentrional de los trabajos y sus muestras, añade nuevos sesgos de tipo sociocultural a las interpretaciones que nosotros podamos efectuar de las publicaciones consultadas.

A continuación se detallan los diferentes tipos de incendiarios psicopatológicos que podemos encontrar y las características que parecen más confirmadas.

NIÑOS Y JÓVENES

Nadie se atreve a dar datos sobre la prevalencia del delito de incendio; pero gracias a la Asociación Psicológica Americana sabemos que en los EEUU un 40% de los arrestados por este delito son menores de 18 años, según el FBI su perfil es: varón, joven (65,8% menor de 21 años) y blanco.

Debemos considerar que los jóvenes son menos expertos que los incendiarios adultos, por lo tanto resulta más fácil para la policía arrestarlos. Por esta causa, quizás se encuentren ligeramente sobrerrepresentados y su porcentaje real sea menor.

Estos jóvenes provocadores de incendios (firesetters en la terminología anglosajona), acostumbran a sufrir trastornos de conducta: generalmente el agresivo, socializado o no; otros el trastorno por déficit de atención con hiperactividad, o bien reacciones de adaptación.

Algunos trabajos, extrapolando datos norteamericanos, cifran en unos 400.000 los niños españoles con trastornos de conducta (de mayor o menor gravedad) y otros trabajos, también americanos, cifran en un 5,45% los niños con trastornos de conducta que han prendido fuegos.

Siguiendo este atrevido hilo, podemos continuar extrapolando y llegar a la conclusión de que una zona como la de la ciudad de Girona, debe contar con una población de niños incendiarios entorno a la cincuentena de individuos. Los cuales desconozco si existen, pero puedo asegurar que por fortuna no trabajan a tiempo completo.

Se considera el incendiarismo infantil y juvenil como un nivel avanzado de comportamiento antisocial, en el sentido de que estos niños y jóvenes muestran muchos más tipos de comportamientos antisociales que los que no provocan incendios; es decir, los incendiarios son los casos más severos dentro de su grupo psicopatológico de referencia. Estos comportamientos antisociales se concretan principalmente en robos, novillos y diversos daños distintos del incendio, lo que comúnmente conocemos por gamberradas.

Sabemos también que suelen provenir de familias con problemas de todo tipo, frecuentemente con psicopatología parental y que acostumbran a prender los fuegos fuera del entorno inmediato a su vivienda.

En niños y adolescentes se acostumbra a establecer como frontera entre el juego con fuego, en absoluto patológico, y el incendiarismo patológico, si prenden el fuego en grupo o en solitario; si esta conducta es encubierta será un factor de gravedad y mal pronóstico.

Acostumbran a efectuar llamadas a las centrales de bomberos, lo cual se considera en algunos trabajos como una conducta incendiaria específica.

Si bien la mayor parte de los trabajos coinciden en referirse a un bajo coeficiente de inteligencia (CI). Se trata de un CI estadístico, es decir, los niños (y también los adultos) incendiarios oscilan como grupo entorno a los 90 puntos, pero con unas desviaciones típicas amplias, que los mantienen, en general, dentro de la normalidad. Evidentemente, todo ello no implica que no haya incendiarios con retraso mental.

Según los autores y las muestras empleadas hablaremos de un recidivismo (reincidencia) entre el 10% y el 23%, si bien en realidad debe ser bastante más elevada, ya que estos porcentajes se refieren únicamente a los reincidentes que han sido atrapados. De hecho, en un trabajo con una muestra de 60 niños incendiarios, tras un año de seguimiento se encontró que el 35% de ellos volvieron a provocar incendios.

Sus objetivos preferidos son: barracas, solares, vehículos abandonados y papeleras, los de menor edad. Contenedores, mobiliario de las escuelas, vehículos, bosques y pajares, los de mayor edad. La proximidad al domicilio familiar es inversa a la edad, es decir cuanto mayores más lejos de su domicilio provocan los incendios.

A pesar de que un estudio efectuado en Francia cita las viviendas como primer objetivo, esto parece poco realista debido seguramente a que la muestra ha sido extraída de una población compuesta de jóvenes procesados en los tribunales, lo cual sesga la muestra hacia los casos más graves y peligrosos.

De hecho se trata de un sesgo muy frecuente ya que sólo se registra una mínima parte del total de incendios provocados.

ADULTOS

El incendiarismo psicopatológico entre adultos se encuentra vinculado a diferentes trastornos tanto físicos como psíquicos.

Se han producido casos de incendiarismo secundario a trastornos médicos y neurológicos tales como: el síndrome de Klinefelter, el síndrome XYY, epilepsia, traumatismos y tumores cerebrales, la demencia asociada al HIV, trastorno disfórico de la fase luteal e hipoglucemia. Pero son proporcionalmente anecdóticos.

El grueso de los incendiarios adultos lo encontramos entre individuos diagnosticados con el trastorno antisocial de la personalidad y en menor medida, entre los esquizofrénicos. La piromanía es un diagnóstico extremadamente raro: el 4% de la población de incendiarios varones adultos, incluso algunos autores dudan de su existencia.

La conducta incendiaria adulta ocasionalmente puede ser secundaria a muchos otros trastornos como por ejemplo la depresión mayor, la manía, demencias, trastorno explosivo intermitente, pero se trata de casos con bajísima incidencia. Se ha demostrado la existencia de un llamado "incendiarismo comunicativo" referido a los incendios producidos por pacientes psiquiátricos crónicos (generalmente psicóticos) que de este modo reclamarían una reinstitucionalización.

Una cierta intención comunicativa se encuentra presente en todos los incendiarios que con diferentes trastornos primarios tienen en común la costumbre de efectuar llamadas a las centrales de incendios. Estas llamadas les proporcionan percepción de control del entorno. Los pocos trabajos que han contemplado este hábito han encontrado que más de un tercio de sus muestras de incendiarios las hacían.

TRASTORNOS PSICÓTICOS

Principalmente la esquizofrenia, la esquizofrenia-paranoia y la manía. Este tipo de incendiarios prenden sus incendios generalmente en respuesta a ilusiones y alucinaciones, principalmente de tipo auditivo, por ejemplo; pueden prender un fuego para salvar a los niños pobres de la India, o para devolver la armonía al universo. A pesar de que esto pueda parecer una actividad ocasional, acostumbran a reincidir bastante.

Existe un cierto consenso en considerar a los esquizofrénicos entre el 10% y el 30% de los incendiarios.

En el trastorno afectivo bipolar (depresión), el fuego es utilizado como instrumento para el suicidio, pero la alta temperatura les obliga a huir; es debido a ello que a veces se encuentran incendiarios con graves quemaduras. Un episodio de manía puede resultar en la provocación de incendios, en algunos casos con intenciones megalomaníacas, buscando objetivos emblemáticos.

Debido a las características descritas, la identificación de los incendiarios de este tipo, en principio, no presenta excesivos problemas; provocan muchos incendios en las instituciones que les acogen y en sus propios domicilios y es posible que reconozcan y relaten sus actividades o que las mismas resulten altamente evidentes.

TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD

Los incendiarios pertenecientes al grupo de los trastornos de personalidad se encuentran principalmente entre los diagnosticados con el trastorno antisocial (los psicópatas) y el trastorno límite de la personalidad. De hecho hay una correspondencia entre los trastornos de conducta que se diagnostican hasta los 18 años y el trastorno antisocial el cual se diagnostica a partir de los 18 años, aunque eso no quiere decir que siempre haya continuidad entre los dos trastornos y en muchos casos los niños con trastornos de conducta tienden a normalizarse al llegar a la edad adulta.

El trastorno antisocial de personalidad (los psicópatas) afecta al 1% de la población general y comprende entre el 15% y el 25% de la población penitenciaria. Estos datos son canadienses, parece ser que los porcentajes en el Estado español están ligeramente por debajo y en crecimiento.

PIROMANÍA

Una vez descartadas en el diagnóstico diferencial las numerosas patologías que secundariamente producen conductas incendiarias, y los intereses de todo tipo que utilizan instrumentalmente y de forma no patológica la actividad incendiaria, todavía aparecen un conjunto de sujetos que cumplen las restantes características diagnósticas de la piromanía, básicamente un impulso irresistible que les lleva a prender fuegos.

Estos individuos son muy pocos, de tal manera que resulta difícil efectuar trabajos de investigación generalizables con un número suficiente de ellos. Por lo cual a menudo esta categoría diagnóstica sólo tiene un valor de referencia.

CONSIDERACIONES GENERALES

Las pautas que acostumbran a seguir los incendiarios no difieren demasiado de una a otra patología; debido a ello el grueso de los trabajos se refieren a ellos como un todo, es decir, hablan de “arsonismo” (delito de incendio) en general.

Referente a la motivación de estas conductas, si dejamos al margen las alucinaciones de los psicóticos, acostumbra a estar vinculada a la venganza, generalmente en respuesta a un rechazo real o percibido; especialmente las mujeres incendiarias toman como objetivo de su venganza personas o propiedades de personas muy cercanas. También tenemos que tener presente que un incendiario no tiene por qué prender los fuegos siempre por el mismo motivo.

Se ha relacionado mucho el abuso del alcohol y, por extensión de substancias psicoactivas, con el comportamiento incendiario. Los últimos trabajos tienden a considerar la influencia etílica en el sentido de desinhibir al individuo facilitando así la conducta incendiaria más que una influencia directa en el citado comportamiento. Esta desinhibición alcohólica es importante en los casos que el incendiario actúa por venganza. Por otra parte cuando la motivación es esta última, los incendiarios pueden amenazar previamente a la provocación del incendio, cosa que raramente ocurre cuando hay otras motivaciones.

Es importante destacar la tendencia de los incendiarios a progresar de los pequeños a los grandes fuegos, y de una menor implicación a una mayor implicación; es decir, el incendiario reincidente cada vez asume mayores riesgos de evidenciar su actividad, especialmente en el medio rural donde su presencia repetida es más patente. Sabemos, también, que en un 80% de los casos se orienta a objetivos desprovistos de valor afectivo.

Los incendiarios, como grupo, tienen unas tasas de suicidio y autolesiones muy superiores a las de sus grupos de referencia. Lo cual tiene importantes consecuencias en lo referente a las responsabilidades por su seguridad en los casos de institucionalización.

Mucho se ha escrito en torno a la excitación sexual producida por el fuego, especialmente desde posiciones psicoanalíticas. Los últimos trabajos sobre el tema, no han podido encontrar ningún soporte estadístico para dicha relación, lo cual no descarta la existencia de individuos que puedan experimentar excitación sexual ante el fuego, especialmente entre aquellos diagnosticados con piromanía.

Entre los incendiarios adultos se encuentran tasas de reincidencia superiores al 35% resultando especialmente críticos los seis meses posteriores.

Estas tasas probablemente sean más altas debido, por una parte, a que se trata de una conducta encubierta, y por otra parte, al alto número de incendios provocados que no acaban en condena, por tanto no se pueden atribuir a nadie en concreto.

EXPERIENCIAS DE INTERVENCIÓN

Prevención de la conducta incendiaria infantil


Uno de los factores destacados por diferentes autores como predisponentes hacia el incendiarismo infantil son las limitadas habilidades con el fuego, es decir, el desconocimiento de los peligros del fuego. Lo cual permite que conductas que, en principio son tan sólo exploratorias, se instauren de manera permanente y que con el paso del tiempo acaben siendo un recurso conductual, pero patológico, del individuo.

En este sentido se han desarrollado en los EEUU experiencias exitosas, con jóvenes incendiarios, de entrenamiento en los peligros del fuego y de modelado de comportamientos alternativos tomando como modelo la figura del bombero. Estos elementos nos llevan a plantearnos la posibilidad y la necesidad de un trabajo preventivo entre los niños en edad escolar, no demasiado diferente en la forma, a las visitas que efectúan los escolares a los parques de bomberos; pero sí con una fuerte revisión de los materiales y la metodología empleada para atender estas visitas.

Tratamientos de la conducta incendiaria

A pesar de que con incendiarios se han probado todo tipo de tratamientos con muy diversos resultados, parece existir acuerdo general en considerar que el entrenamiento en habilidades sociales sería el tratamiento más eficaz.

Existe un análisis funcional de la conducta incendiaria que muestra claramente cómo ésta se mantiene y en qué momentos es más eficaz romper la cadena conductual que lleva a provocar fuegos, utilizando los estímulos emocionales y del entorno como señales de momentos con alto riesgo en que el individuo debe ejecutar conductas alternativas al incendiarismo, a esta técnica se le llama de prevención de la recaída.

REFLEXIÓN

No podemos concluir estas líneas sin una reflexión. Hemos citado numerosos trastornos tanto psíquicos como físicos, asociados a la conducta incendiaria, los cuales son altamente estigmatizadores para las personas que los padecen y sus familias.

No quisiéramos en modo alguno que este trabajo contribuyera a estigmatizar todavía más a estas personas, ni mucho menos servir de base para acusaciones infundadas. Especialmente si tenemos en cuenta que sólo una pequeña proporción de las personas con los trastornos citados llegará a producir incendios.

Por lo tanto se impone una extrema prudencia en el manejo de esta información y recordar que sólo se puede producir imputación desde la evidencia, jamás por la presencia de un trastorno determinado.

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