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Incendios Forestales y Vidas Humanas
Juan Ignacio Larraz Plo
Jefe del Servicio Provincial de Extinción de Incendios
Diputación de Zaragoza

La pérdida de vidas humanas es la parte más lamentable en cualquier siniestro; tras un suceso luctuoso -como paradoja-, la situación se hace propicia para lograr la mejora de los Servicios Contra Incendios.

La tragedia zaragozana del hotel Corona de Aragón hizo de 1979 el año de referencia, el momento de partida en la modernización de los Cuerpos de Bomberos. Los sucesos del incendio forestal en Guadalajara del año pasado, con 11 fallecidos, viene a ser otro punto de inflexión ascendente en la política de protección.

Pero la búsqueda de la seguridad puede crear una espiral interminable y por ello debe asignarse a una profesionalidad objetiva la tarea de racionalizar las inversiones y los modelos de organización operativa. De otro modo, como ocurre a menudo, surgirá la pregunta sobre la proporción entre el esfuerzo económico, con frecuencia gravoso, y los resultados obtenidos.

En España todas las Administraciones -central, autonómica, provincial, municipal- aportan recursos y muestran su mejor disposición para mejorar la seguridad y la prevención de riesgos en la forma que corresponde a un país desarrollado. Sin embargo, hay problemas estructurales que entorpecen la obtención de mejores resultados y limitan la eficacia en la optimización de los recursos. Veamos algunos.

Problemas estructurales
Las autonomías son muy diversas: no es lo mismo una Comunidad de 10.000 km2 que otra de 100.000. Las uniprovinciales, con menos recursos cuantitativos, dimensionan su posibilidad tendiendo a la concentración de medios en un operativo único; pero en las “macroautonomías” es evidente que las dificultades son mayores, pues intervienen la dispersión y las distancias. En cuanto a incendios forestales, específicamente, hay otros aspectos organizativos diferenciadores entre Comunidades Autónomas. En unas, la responsabilidad en la extinción corresponde a los Cuerpos de Bomberos (Departamentos de Interior); en otras, a los agentes forestales (Departamentos de Medio Ambiente); y las hay en que la responsabilidad es compartida por bomberos y forestales que, a su vez, pueden depender orgánicamente de los ayuntamientos, las diputaciones provinciales o los gobiernos autónomos.

Por eso debería la provincia valorarse como territorio básico en la organización de la lucha contra los incendios forestales. Y porque al factor primordial de la dimensión se suma el compromiso de quienes trabajan a diario en el monte con un conocimiento exhaustivo de su lugar de trabajo habitual y no el coyuntural derivado únicamente de la intervención para ayudar en incendios con cuyo territorio se carece de vinculación, lo que, sobre mermar la efectividad, aumenta el riesgo.

Si esta percepción de la estructura básica es correcta, sería conveniente una armonización integradora de las políticas de lucha que la tuviera en cuenta a partir de la definición de los elementos esenciales: la provincia, base territorial organizativa; los agentes forestales, responsables directos de la extinción; los bomberos profesionales, colaboradores de primer nivel; el Estado -sus aeronaves y brigadas de intervención forestal- como gran cooperador general; y todo bajo las órdenes de un solo director en cada caso.

Lo expresado parecerá una letanía de obviedades a los iniciados; e incluso considerarán algunos las organizaciones existentes en su territorio como inmejorables según estas mismas premisas. Pero si, aun así, los resultados no son los deseados, algo falla. Y una cuestión principal es la profesionalidad del mando técnico, su capacidad para manejar las incertidumbres propias de las situaciones de emergencia, un punto crucial que debieran sopesar profundamente los responsables políticos cuando han de asignar responsabilidades.

Como digo al principio, es lamentable la pérdida de vidas humanas en la lucha contra el fuego; ante las fuerzas de la naturaleza no es fácil imputar a nadie en exclusiva los sucesos luctuosos. Pero con vocación de servicio, conocimiento verdadero y organización adecuada se pueden disminuir mucho los riesgos. Los bomberos profesionales están acostumbrados a trabajar bajo riesgos calculados. Para eso se les prepara: para que la sorpresa quede reducida a una posibilidad escasa. Y por eso mismo es exigible, y conveniente, el mayor rigor en las estructuras organizativas, pues de ellas -que deben dar respuesta a partir de su análisis de lo acaecido- parte cualquier situación desencadenante: del triunfo o del fracaso. Eso es lo que nos jugamos.
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